La lata de bebidas es, desde sus inicios, un elemento en constante evolución. Las innovaciones que se introducen son, en ocasiones, casi imperceptibles, pero redundan en una mayor facilidad de uso para el consumidor y en unas prestaciones comerciales y medioambientales optimizadas.

Al final de la década de los 50 desaparecen los cierres cónicos ante las evidentes ventajas que ofrece el cierre plano, y la introducción del aluminio en este sector acelera las innovaciones.

En 1965 se desarrollan en Estados Unidos las latas de acero sin estaño (Tin Free Steel, TFS) y tres años más tarde las primeras latas de este tipo se fabrican en el Reino Unido, donde en 1970 aparecen también las latas de acero de dos piezas del tipo DWI (Draw & Wall Ironed), producidas mediante un proceso de embutición de una pequeña chapa de metal. Este proceso estaba ya generalizado a principios de los años 80 y es el que se sigue utilizando en la actualidad, aunque con importantes mejoras introducidas a lo largo de estos años.

Hace casi veinte años, la aparición de tecnología para inyectar nitrógeno en las latas permitió envasar refrescos y bebidas sin gas. Para los amantes de la cerveza, en 1992 se diseñó un dispositivo interno, el “widget”, que permite servir el contenido de la lata con las mismas características de sabor y textura que una cerveza de barril. Este dispositivo tiene también su aplicación para otras bebidas espumosas o cremosas.

En 1997 empiezan a fabricarse tapas con una apertura más grande que la habitual, facilitando el consumo directo en la lata o, en su defecto, el vertido del contenido.

Más recientemente, las anillas coloreadas han permitido personalizar los productos mediante el uso de colores combinados con los de las marcas, y el empleo de sofisticadas técnicas láser y de impresión ha convertido a las anillas y a los propios cierres en singulares soportes informativos y promocionales.

Estas mismas tecnologías permiten reproducir con gran calidad diseños cada vez más complicados. La lata puede, además, incorporar tintas termosensibles que indican cuando se ha alcanzado la temperatura ideal de consumo o pigmentos que reaccionan ante determinados tipos de iluminación, ofreciendo imágenes sorprendentes.

El formato también se ha diversificado. A las tradicionales latas de 33 cl y 50 cl se unen envases específicos como los de 25 cl, empleados sobre todo en catering aéreo, o los barriles de distintos tamaños ideados para consumo doméstico de cerveza, provistos de ingeniosos sistemas para servir la bebida, “widget” incluido.

Las latas con forma o con relieve representan el futuro de estos envases. Las primeras ofrecen al envasador la posibilidad de distinguirse por completo de la competencia mediante diseños únicos.

Las segundas consiguen un efecto tanto o más sorprendente poniendo en relieve determinados aspectos del diseño, al tiempo que proporcionan al consumidor una sensación táctil hasta ahora desconocida.

En algunos mercados, como es el caso de Japón, las marcas ofrecen latas autocalentables o autoenfriables, en función de la bebida contenida.



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